TRATANDO DE SENTIR COMO VINCENT VAN GOGH
En la noche estrellada, algo en mí se quiebra, suave, como una rama bajo el peso del viento.
Mi alma, a veces, parece un laberinto de luces y sombras que no se detienen.
Cada pincelada es más que un trazo: es un intento de comprender lo que me duele, de traducir en color lo que no sé decir con palabras.
Hay noches en las que mi corazón late con un ritmo irregular, como un reloj cansado.
Y sin embargo, sigue latiendo, sigue insistiendo.
La luna me observa en silencio, como si supiera algo que yo aún no entiendo.
Las estrellas —esas pequeñas heridas encendidas— caen una a una, como lágrimas que ya no caben dentro de mí.
Soy un río de color que intenta desbordarse en la oscuridad.
Pinto para vaciar el dolor, para no ahogarme en él.
Y aunque a veces esa noche estrellada se parece más a un cementerio de sueños, otras veces es un lugar donde algo renace.
Tal vez no la esperanza completa, pero sí un respiro.
En mi taller, entre manchas de óleo y silencio, me encuentro con mis propios reflejos.
Algunos me enfrentan. Otros me consuelan.
Pinto sin saber exactamente por qué, solo con la certeza de que necesito hacerlo.
Mi pincel no es una espada, ni un estandarte.
Es un puente, frágil pero cierto, entre lo que siento y lo que existe.
Y aunque muchas veces me siento herido, confundido, incluso perdido, también hay belleza en esa búsqueda.
En esa fragilidad.
No pinto para huir del mundo. Pinto para quedarme.
Para recordarme que, a pesar de la oscuridad, sigo aquí.
Y que en medio del caos, del silencio, de la noche estrellada, aún puedo crear algo que tenga sentido.
Algo que me devuelva, aunque sea por un instante, la certeza de que estoy vivo.
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Texto inspirado en "Los dados eternos" de César Vallejo, "Poeta en Nueva York" de Federico García Lorca y "Una temporada en el infierno" de Arthur Rimbaud.
Imagen: Mini lienzo 19x15 cm, proceso de réplica al óleo de "La noche estrellada" de Vincent Van Gogh.
