JUICIO INTERIOR: PINTAR COMO ACTO DE LIBERTAD, NO DE RESISTENCIA


Hay una hora del día en que el mundo se vuelve más amable. No es el amanecer, ni la noche. Es ese instante en que el sol baja sin prisa y el silencio empieza a desdibujar el ruido del trabajo. Ahí empieza mi otra vida.

Manejo normas, números, obligaciones. Hablo el lenguaje de los artículos y las disposiciones. Sé cómo ordenar el mundo en expedientes, cómo argumentar con lógica, cómo sostener el deber con firmeza. Y lo hago. Lo hago con responsabilidad. También con pasión. Pero dentro de mí, siempre queda algo en suspenso.

Ese algo se manifiesta cuando enciendo la luz de mi taller. Allí, las manos que antes firmaban documentos toman pinceles. El papel ya no exige firmas ni sellos, ahora pide color. La acuarela se abre como un suspiro. El óleo, como una herida que se cura capa tras capa.

No necesito permiso para pintar. Nadie me evalúa. No hay jurisprudencia que seguir. Puedo equivocarme, empezar de nuevo, dejar que el agua haga lo que quiera sobre el papel. Y en esa libertad, silenciosa y sin espectadores, encuentro mi refugio, mi juicio interior.

A veces pienso que el arte me salva. No de la ley, no del trabajo. Me salva de olvidarme a mí mismo.
Me recuerda que, además de ser el que cumple, el que responde, el que sostiene, también soy el que sueña. El que observa una luz en la pared y siente ganas de atraparla con amarillo de cadmio. El que mira un rostro en la calle y quiere entenderlo con sombras de gris y tierra.

Cuando pinto, no huyo. Vuelvo. Vuelvo a mí.