DESNUDOS ANTE EL OLVIDO: LA PROTESTA DE LOS DESPOJADOS

 


En la desnudez no hay vergüenza, solo una verdad cruda que brota desde el fondo de aquellos cuerpos que han sido despojados de todo. Ya no tienen más que su piel, su aliento, la carne que aún respira bajo un cielo que los olvida. La protesta no necesita palabras cuando los cuerpos hablan en su forma más primitiva, la más pura. No es un grito lo que sale de sus bocas, sino un silencio tan denso que llena el aire de todo lo que ya no tienen. No tienen ropa para cubrirse, ni lo esperado que se da por hecho: el derecho a ser vistos y escuchados con la dignidad que merecen. Y, sin embargo, se presentan ante el mundo tal como son, mostrando lo que queda de su humanidad en su forma más esencial, sin adornos, sin capas de olvido.

Frente a ellos, el rostro duro de la autoridad, cubierto de indiferencia, armado con poder, se enfrenta a cuerpos ancianos, cuerpos agotados por el tiempo, por el abuso, por la indiferencia de un sistema que los ha dejado caer en la orfandad del abandono. No tienen más que su piel para enfrentarse a las frías miradas de aquellos que no saben lo que es la ausencia, la falta de todo. Pero ellos no están vacíos. La pobreza que les quita el ropaje no les ha quitado el alma. La fuerza que nace de la necesidad de ser, de existir, de resistir, no se apaga con el olvido. Tampoco se puede comprar. No hay precio para su resistencia.

Cada arruga en sus rostros cuenta la historia de aquellos que, con poco o nada, han aprendido a sostenerse. Y, sin embargo, ahí están, erguídos, sin nada que perder más que la esencia misma de su ser. La protesta no es ya un acto de desafío, sino una necesidad de estar presentes en un mundo que los ha dejado fuera. La protesta es el cuerpo desnudo, sin adornos ni escudos, porque ya no les queda nada que ocultar. Ya no les queda más que su humanidad, y eso, de alguna manera, es lo único que nunca podrán robarles.

Ellos son la protesta misma, los que, al no tener nada, son los dueños de todo. Los que, al mostrar lo que somos todos cuando ya no queda más que ser, nos devuelven el rostro de la justicia que hemos olvidado.

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