MEMORIAS EN CARNE VIVA: AYER PRESENCIE UN ASESINATO

No pensé que llegaría el día en que escribiría esto. No como lo estoy haciendo ahora, con las manos aún temblando, con el cuerpo sucio de polvo, ceniza y ese gas que se mete en la garganta y no te suelta. No estoy escribiendo desde un lugar de calma. Estoy escribiendo mientras aún suenan los helicópteros sobre mi casa, mientras en la radio alguien repite la palabra “excesos”, como si matar fuera un desliz menor, como si las balas pudieran corregirse con comunicados.

Sin título. Acrílico sobre lienzo 1.20 x 1.00 m. Autor: Jorge Paco Monteagudo
Sin título. Acrílico sobre lienzo 1.20 x 1.00 m. Autor: Jorge Paco Monteagudo

Ayer presencié un asesinato. Así, como lo digo. Vi cómo un joven caía al suelo, de cara, como si de pronto el cuerpo se negara a seguir. El estruendo fue seco, certero. Nadie corrió a levantarlo. Todos sabíamos, sin necesidad de confirmación, que no se levantaba más. La madre gritó. Un grito que, aún ahora, me vibra en los oídos como un eco sucio. Tenía la bandera del Perú anudada al cuello. Tenía diecinueve años.

No me lo contó nadie. No lo vi en redes. No es parte de ningún montaje. Lo vi. Estuve allí. Y aunque quisiera olvidarlo, no puedo. Porque lo que vimos en estas semanas no fue solo represión. Fue masacre. Fue desprecio. Fue un mensaje claro desde el poder: “Sus vidas no valen nada si se atreven a protestar”.

Nos llamaron terroristas. A todos. Por marchar. Por cantar. Por cargar un cartel. Por gritar que queremos una democracia que no nos mate. A mí, a mis vecinos, a mis estudiantes, a esa señora que vende panes en la esquina. Terroristas, nos dijeron. Y mientras tanto, los verdaderos actos de terror venían desde el otro lado: desde uniformes sin rostro, desde órdenes que nadie se atreve a firmar, desde un Estado que habla de “reacción proporcional” mientras entierra niños con tiros en la cabeza.

Yo no soy ningún activista profesional. No soy dirigente de nada. Vivo en cualquier parte del Perú, en uno de esos pueblos que aparecen en los mapas solo cuando hay tragedia. No busco fama ni likes. Solo estoy escribiendo esto porque tengo rabia. Porque tengo miedo. Porque tengo dignidad.

¿Dónde están los culpables? ¿Dónde el mea culpa? No hay uno. Nadie baja la cabeza. Nadie pide perdón. Siguen hablando desde sus escritorios con aire acondicionado, diciendo que “todo está bajo control”, que “el orden se ha restablecido”. Pero el orden no es justicia. El orden que imponen con metralla no se parece a la paz.

Y sin embargo, no nos callamos. Porque cada cuerpo que cae deja una herida, sí, pero también una llama. No de odio, como quieren hacernos creer, sino de memoria. Y la memoria es peligrosa para ellos. Porque no olvida. Porque exige.

Temprano aprendimos en este país que las decisiones se firman con sangre ajena. Que los pobres solo valen en tiempos de elecciones, cuando prometen como quien vende ilusiones por kilo. Pero también aprendimos que la calle enseña. Que el pueblo se organiza. Que la juventud no es sinónimo de ignorancia. Que la historia no se repite si se recuerda.

Hoy estoy aquí. No sé si mañana también. Porque uno nunca sabe si volverá de una marcha. Pero mientras pueda escribir, mientras pueda alzar la voz, lo haré. Y si mañana me acusan, si me señalan, si me callan, que al menos quede este testimonio: no todos aceptamos este silencio. No todos bajamos la cabeza.

Míralos en la pintura. ¿Los ves? Son muchos. Somos muchos. Difusos, sí, como si el fuego y el humo nos hubieran borrado los rasgos. Pero seguimos allí. Somos los que no se rinden. Los que no creen en la mentira de que “todo está bien”. Los que amamos este país con una furia que no mata, sino que resiste.

Y resistiremos.
Porque no somos sombras.
Somos pueblo.

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