MI HUMILDE OFICIO DE PINTOR


No pinto para cambiar el mundo. Para eso tengo el derecho, la palabra, la voz firme que interpela cuando hace falta. Ahí, en el juzgado, en un informe, en una denuncia bien fundada, soy todo rebeldía. Ahí sí ardo. Ahí sí lucho.

Pero cuando pinto, no quiero luchar. No me hace falta. Cuando pinto no estoy en guerra con nada. No necesito ser valiente, ni incómodo, ni profundo.

Mi oficio de pintor es humilde. No busca desmantelar gobiernos, ni corregir al sistema, ni sacudir conciencias. No me interesa incomodar. Y no porque me falte causa, ni rabia, ni razones. Sino porque he elegido que en el arte quiero otra cosa.

He elegido el silencio. La contemplación. La belleza como valor legítimo. El color sin bandera.

Pinto porque en el trazo limpio, en el gesto suelto, hay un tipo de verdad que no necesita defensa. Porque también hay libertad en no tener que justificar cada línea. Pinto porque a veces la ternura también sostiene. Y porque no todo lo bello es evasión.

Mi pincel no clama justicia. No denuncia, no interroga, no acusa. Mi pincel recuerda que existe el azul. Y el dorado. Y la quietud.

Pinto porque quiero. Y eso, en un mundo que todo lo exige, ya es bastante.

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